Usted

Junto a la ventana, Laura y yo. O tal vez yo solo. Afuera, las ramas de los árboles, despobladas, no ofrecían resistencia al viento que se adivinaba helado mientras adentro la confortable sensación del hogar encendido, pocas mesas ocupadas, alguno que otro ruido de cubiertos, la gente hablando bajo y entre la gente usted, mirada de un color indefinido que se detenía en la mía y que en seguida retomaba su corrección centrándose en el hombre que la acompañaba. Soledad, diagnostiqué yo, con una rara esperanza. La misma soledad que sentía yo, sentado frente a Laura, que hablaba de algo que no llegaba hasta mí. Busqué los ojos de color indefinido una y otra vez, y fue largo el mensaje que envié, casi sobrepasando los límites del respeto para con Laura. De pronto usted se levantó, pasó junto a mí y su perfume, suave, apenas perceptible, fue como una invitación a continuar con aquello que en otra ocasión podía haber sido un juego intrascendente pero que esa noche no, entiéndame, por favor, estaban sus ojos de color indefinido, su mirada estableciendo fugaces nudos que se deshacían al instante porque su respeto para con aquel hombre que la acompañaba debía de ser mayor que el mío para con Laura. Esperé su regreso con una ansiedad que acaso no correspondiera con lo que estaba ocurriendo. Lejos, muy lejos, Laura comentaba la obra de teatro que habíamos visto, encontrando como siempre rincones no descubiertos por mí, monólogo inteligente y certero que tiempo atrás me fascinaba y que ahora se presentaba ajeno a mi emoción, porque yo pendiente de ese regreso, buscando un nombre para usted y no encontrándolo, decidiendo que la llamaría Usted, porque entonces el apelativo como una vecindad y el pensamiento pensando que los dos en una mesa y todo aquel clima cálido que tanto se ajustaba a nuestro silencio aquiescente. 
   Afuera, una suave lluvia que no se atrevía a ser nieve. Usted reapareció, tal vez algo más notorios sus ojos que convivían con la indecisión entre el verde y el gris. No me miró, pero esa no-mirada tenía un corto y preciso mensaje, una propuesta con la que se inauguraba nuestra complicidad. Algo más confiado en aquel encuentro, decidí que no podía dejar sola a Laura, que debía participar de sus teorías sobre la oculta perversidad del protagonista de la obra. Con el freno puesto a mis ojos, obtuve una aceptable participación que Laura no pareció agradecer porque no había advertido (o había dejado pasar) mi larga ausencia. Hasta que no pude más y volví a Usted. Sus ojos, Usted, parecían querer llamar mi atención en algo que estaba en el suelo, junto a la mesa. Simulé un descuido y dejé caer mi servilleta. Al inclinarme para recogerla, advertí un papel, seguramente escrito por Usted en el baño del restaurante. La letra era clara y amplia: "Sí".
   Aquella invitación que más que invitación parecía una orden, hizo que entrara más en los conceptos de Laura. Usted ya era mía. Sólo faltaban algunos detalles que correrían de mi cuenta. Sin motivo aparente, comencé a acosar a Laura, a dedicarle una dureza que no merecía pero que encajaba con el plan no demasiado definido que yo había trazado. La dureza se hizo a cada instante mayor, el rostro de Laura se deformó por el llanto y el segundo plato quedó intacto mientras Laura, después del asombro y la pena, se levantó sin que yo hiciera el menor gesto para detenerla y se perdió en el pasillo que llevaba al guardarropas. Usted la miró sin victoria y sus párpados bajaron en señal de agradecimiento. Hacia mí que quedé solo en la mesa. Y en aquel momento supe lo que tenía que hacer. Concentré mi pensamiento en el hombre que mostraba su espalda desguarnecida, lo observé metido en la geometría de una mira y esperé sin alegría. Usted detuvo su mano y toda Usted fue expectación. Como si las palabras de Laura hubieran quedado flotando en el lugar, oí que continuaba con el análisis de la obra. Usted tomó un cigarrillo y se inclinó hacia la vela para encenderlo. El resplandor vacilante dibujaba cuencas que no la afeaban, que por el contrario, le agregaban misterio, decisión, planes que me incluían, que todavía no habían sido enunciados pero que estaban ahí, en la antesala de Usted, al alcance de mi  índice que se familiarizaba con el gatillo. Cuando Usted dio la primera pitada levantó la vista y fue como si me diera permiso. Disparé. No hubo detonación, los ocupantes de las mesas vecinas al principio no advirtieron la definitiva derrota que proclamaba el cuerpo inclinado, la cabeza apoyada sobre el plato de una comida que humillaba su cara. Ante el grito ajeno, el  que partió de una mesa vecina,  todos quedaron en una nerviosa inmovilidad. Yo me incorporé. Advertí que Laura continuaba allí y que llegó conmigo hacia la mesa donde estaba Usted, acariciando el pelo del hombre muerto, sin esperanzas. Me incliné hacia Usted ofreciendo ayuda, buscando un gesto con el que Usted me dijera que nuestro plan había dado resultado. Pero nada, sólo lágrimas que se deslizaban por un rostro apenado y al mismo tiempo enhiesto. Saqué de mi bolsillo una tarjeta personal y se la ofrecí, pero usted me miró casi con odio. A nuestro alrededor, lo usual: camisa desabrochada, respiración boca a boca, el gesto desalentado de un médico ocasional que había hecho todo lo que podía. Laura, con las manos y las comisuras temblando, se abrazó a mí. Usted estaba ahí, inclinada sobre el cuerpo de ese hombre, el llanto siempre digno, la mirada que ni siquiera me tenía en cuenta.

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